Viajar es ir en busca de los amigos que no conoces

El primer miedo que tuve cuando dejé a mi familia en el aeropuerto de Milán se me apareció con total claridad: desde ese momento estaba solo. Completamente solo y rumbo a un país en el que nadie me esperaba. El último abrazo se lo había dado a mi madre antes de cruzar la puerta de inmigraciones. Las piernas me temblaban, mi cabeza giraba en busca de la única persona que conocía. Ella lloraba, yo me negaba las lágrimas para poder avanzar en la fila que me daría el sello habilitante para viajar a Japón.

Tenía la cabeza inundada de preguntas traicioneras. ¿Por qué viajaba? ¿Qué buscaba? ¿No son todos los lugares igual de hermosos?

Ese miedo de viajar solo, que en las horas tempranas me apabullaba, era del todo ridículo. Ahora, cuando el viaje me enseñó algunas cosas, puedo sostener que nadie viaja solo. Y si eso ocurre es por decisión propia.

Pueden existir momentos de soledad, que también ocurren en la ciudad donde trabajamos, cuando nos sentamos a tomar un café y estamos rodeados de personas desconocidas que no hacen más que aumentar la sensación de transeúnte en un desierto superpoblado. O al despertar con una persona que ya no amamos pero que por inercia seguimos a su lado. Esa soledad existe siempre y esta en cada uno de nosotros tolerarla, mimarla, llevarla con dignidad y alegría.

Ya en el avión, esa cortina de miedo a estar solo perdió poder al conversar con un japonés que volvía a su país después de un viaje de negocios.

La actitud del viajero es la de estar abierto al mundo para que nos empodere. El viajero acepta que está solo y por eso deja de estarlo. Funciona como un principio de supervivencia que se activa para generar lazos con los demás. Se lo identifica con una sonrisa y el ánimo inocente de buscar lo que hay en común con el otro. Algo que en la vida cotidiana se nos olvida por el mandato de la competencia y la productividad. Sin embargo con un viajero hay una empatía diferente: el extranjero que llegó a nuestra tierra nos llama la atención. ¿Por qué habrá elegido venir acá? ¿Qué cosa querrá conocer? ¿Acaso yo conozco a dónde se dirige? ¿Y qué sabe de nosotros como pueblo? ¿Y qué me puede contar de su país? ¿Qué cosa conozco yo de su país?

De niño un amigo me decía que cuando fuera grande quería ser dueño de un hotel porque la gente que viaja está siempre contenta. En mi experiencia esa idea es certera. Los viajeros que me encontré durante 7 meses de mochilero por Asia, salvo contadas excepciones, eran personas alegres y dispuestas a conectarse. Es decir, amigos.

Y eso en lo personal me resultó fascinante. Saber que tenes amigos esperando a ser descubiertos. Que las distintas culturas no son barreras sino puentes. Que quizá uno viaja más por esos encuentros que por un lugar. Porque la foto con las pirámides detrás dicen poco o nada, pero el camino y la gente que conociste para llegar hasta ahí te marcaron. Las historias que te contaron de sus vidas. Lo que vos compartiste de la tuya. Y la invitación, que nunca falta, a que visiten tu país.

Es probable que estos sean los clichés del viajero y de los que viven los tours. Puede verse solo como la amistad fugaz de verano y la fogosidad de las playas calientes. Pero según las historias que he escuchado y las que me han ocurrido a mí, puedo decir que si haces el camino a pie y con el corazón en la mano vas a encontrarte amigos de verdad. Porque hay un trasfondo humano que todos compartimos y es más fuerte que las diferencias.

Por eso se me ocurrió escribir hoy, el día del amigo, sobre viajar. Que es otra forma de amistad, acaso una más amplia, porque es con el mundo.

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