La noche de los especta-culos

Esta historia ocurrió en sexto grado, de eso ya van más de 12 años, y recién ahora lo cuento con lujo de detalles en un lugar público. 

En sexto grado me enamoré de Belén. La única chica del curso que en la clase de educación física, cuando todos corríamos, le rebotaban dos tetas debajo de la remera. Bueno, al gordo Castañares también le rebotaban dos tetas, quizá hasta más grandes, pero esa es otra historia. En los recreos yo la buscaba con la mirada a Belén, sin ningún tipo de vergüenza, la perseguía hasta que ella volteaba y me clavaba la vista. Entonces yo estaba ocupadísimo encontrando algo para hacer y pasar desapercibido. A veces ocurría lo opuesto; yo estaba actuando de chico normal, por ejemplo, jugando al fútbol con el resto de compañeros, y no tardaba en sentirme observado. Cuando buscaba por el patio, siempre, invariablemente, en algún punto encontraba que Belén me miraba. Así pasamos todo el último grado de la primaria, amándonos en secreto.

Esa sería toda la anécdota si no hubiese existido el viaje de fin de año, que consistía en pasar tres noches en un hotel de las sierras. Yo había imaginado que esa vez podría finalmente decirle que la amaba, o lo que fuera necesario decirle para poder besarla. Pero la verdad es que desde el primer día las actividades eran tantas que no había ocasión para que ocurriera algo de ese estilo.

El único momento posible era a la noche, cuando los coordinadores iban a tener sexo con las madres que se habían ofrecido como acompañantes y se olvidaban de controlar que los chicos estuvieran en las habitaciones. El problema es que en esas veladas los que solían acaparar la atención de las chicas eran las habitaciones de los bravucones, los machos alfa que en su mayoría hoy están en la cárcel o repitiendo aún el secundario…

Pero sí, en esas primeras noches llevaban la delantera. Salvo la última, cuando de mi furiosa cabeza enamorada nació una idea que daría curiosamente en igual medida notoriedad, gloria y vergüenza.

La primera noche que pasamos en el hotel, en nuestra triste habitación solitaria y llena de comida, cuando las chicas estaban coqueteando en la habitación de los bravucones, había descubierto que uno de mis mejores amigos tenía un talento guardado, algo que nunca me había contado por pura vergüenza. Mi amigo, que conocía desde primer grado, nunca me había contado que tenía el talento natural de tirarse pedos cuando quisiera. Eso era. Tirarse pedos. Solo tenía que acostarse, levantar las piernas y se podía tirar tantos pedos como quisiera. De la duración y sonoridad que se le antojara. Y lo mejor de todo es que no tenían olor. Era sin dudas un talento impresionante. Para bien o para mal, quien lo veía se quedaba sorprendido.

De inmediato mi ingenio de narrador vio que se podía juntar con el talento de mi amigo para contar las mejores historias de todo el hotel. Y de esa manera traeríamos la atención de las habitaciones vecinas, hasta que tarde o temprano, Belén terminaría llegando a ver el fenómeno.

La función empezó la última noche, recién entonces pude convencer a mi amigo que su talento debía ser mostrado al mundo entero. La primera seguidilla de chistes fueron simples pero muy efectivos. Simplemente les narraba una escena a los espectadores que estaban sentados en las camas y el piso.

– Como ya sabemos, las personas tienen facilidad de cometer – y señalaba con las manos el trasero de mi amigo que estaba detrás mío acostado en la cama, y del cual salía un primer pedo muy sonoro – pero no se preocupen, ya sabemos por experiencia, y ustedes lo verán pronto también, que los – mi amigo ejecutaba una seguidilla de pedos tronadores – no son olorosos. No tiene olor, ni aroma alguno.

Las risas estallaban por todo el hotel. Hasta los coordinadores suspendieron los polvos con las madres para ver el fenómeno. Cada tanto ponía tandas de especta-culospedos.

– Esta serie de chistes fueron auspiciadas por – y explotaba la cadena tronante de pedos.

Esa consigna era simple y cualquier podía narrar un chiste con el simple hecho de lanzar un eslogan publicitario.

– Sopitas knorr son una fina mezcla de hierbas y …. – y sonaba el pedo como remate.

Hasta que llegó Belén y se sentó en primera fila, es decir, en la cama del frente. Era el gran momento. La hora de la verdad. Hice mi espectáculo sin mirarla, con la voz temblorosa. Usé el mejor repertorio que había descubierto hasta el momento. Y las risas fueron acompañando, incluso ella, que también estaba nerviosa, soltó alguna risita. Pero mi voz estaba como paralizada. Tuve que dejar el espectáculo sin concluir.

– Voy a tomar aire a la ventana que salió uno con olor – entonces la gente corrió afuera de la habitación.

– Que divertido – dijo Belén acercándose a la ventana.

– Sí, es divertido – dije percibiendo que estábamos más cerca de lo que nunca antes habíamos estado.

Me temblaban las piernas. Tendría que haberla agarrado por el cuello y besado. Pero no me animé. Se me ocurrió después. Ella me saludó y salió de la habitación para siempre. Yo estuve un rato más congelado con el aire fresco que entraba por la ventana.

Esa noche los chicos de la habitación pidieron que hiciera un espectáculo privado. Pero yo no estaba de humor. Seguía congelado en esa ventana. Si hubiera podido llorar hubiese llorado. Pero en lugar de eso dije que contaría una historia si apagaban las luces y hacían completo silencio, porque era verídica y no queríamos hacer enojar a las víctimas, ya que había ocurrido en ese mismo hotel, varios años atrás.

Era sobre dos mellizas, estudiantes sobresalientes de sexto grado, que habían sido asfixiadas por un grupo de abusones en el viaje de fin de año. Desde entonces se decía que las mellizas rondaban por las camas en búsqueda de los niños abanderados para asfixiarlos. Con esa historia, sin demasiados méritos narrativos, pude hacer que todos tiritaran hasta el punto que uno de ellos, mi amigo más miedoso, llamó en la madrugada al coordinador para preguntarle si era verdad.

Por supuesto que la historia era mentira. Me la había inventado toda para tapar mi parálisis con Belén. Pero no importaba que fuera mentira, el miedo ya estaba instalado y gracias a eso no fui el único que se quedó despierto hasta tarde esa noche.

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