Sobre el daño que hace el tabaco, monólogo de Antón Chejov

Monólogo en un acto, escrito por Antón Chejov. Personaje: Iván Ivanovich Niujin, esposo de la propietaria de una escuela de música y de un pensionado de señoritas.

NIUJIN, hombre de largas patillas y sin bigote, vestido de un frac viejo y deslucido. Tras hacer una entrada majestuosa, saluda y se estira el chaleco.

     NIUJIN.-¡Muy señoras y muy señores míos!… (Se atusa las patillas) Habiendo sido invitada mi mujer a hacerme dar una conferencia con fines benéficos sobre un tema popular…, he de decirles que, por lo que a mí respecta, el asunto de esta me es indiferente… ¿Que hay que dar una conferencia?… Pues a dar una conferencia… No soy profesor, y estoy muy lejos de poseer la menor categoría científica; pero, sin embargo, hace ya treinta años que trabajo de un modo incesante, y hasta con perjuicio…, podría decir…, de mi propia salud, en cuestiones de un carácter puramente científico… Incluso escribo artículos científicos o, al menos, si no precisamente científicos, algo, con perdón de ustedes, que se asemeja mucho a lo científico. Justamente, en uno de los pasados días, compuse uno larguísimo, que llevaba el siguiente título: «Sobre lo dañino de determinados insectos»… A mis hijas les gustó mucho… En especial, la parte dedicada a las chinches… Yo, sin embargo, después de leído lo rompí… Después de todo, y se escriba lo que se escriba, no puede uno prescindir del uso de los polvos persas… Por tema de mi conferencia de hoy he elegido el que sigue: «Sobre el daño que el tabaco causa a la Humanidad». Yo soy fumador…, pero como mi mujer me manda hablar de lo dañino del tabaco…, ¡qué remedio me queda!… ¡Si hay que hablar del tabaco…, hablaré del tabaco!… A mí me da igual!… Eso sí…, les ruego, señores, que escuchen esta conferencia con la debida seriedad… Aquel a quien una conferencia científica asuste o desagrade…, puede no escucharla y retirarse… (Se estira el chaleco) Solicito también una atención especial por parte de los señores médicos…, ya que estos pueden sacar gran provecho de mi conferencia…, dado que el tabaco, a pesar de su carácter perjudicial, es empleado también en medicina. Si, por ejemplo, metiéramos una mosca en una tabaquera…, moriría, seguramente, víctima de un desequilibrio de sus nervios… Como primera orientación, puede decirse que el tabaco es una planta… Les advierto que yo, por lo general, cuando doy una conferencia, tengo la manía de guiñar el ojo derecho; pero ustedes no reparen en ello… Es un defecto de mis nervios… Soy hombre muy nervioso, y esta costumbre de guiñar un ojo la contraje el trece de septiembre de mil ochocientos ochenta y nueve: día en el que mi mujer dio a luz su cuarta hija, de nombre Varvara… Todas mis hijas nacieron en trece… Pero… (Mira el reloj), el tiempo apremia y no podemos desviarnos del tema de esta conferencia. Tengo, primeramente, que decirles que mi mujer es propietaria de una escuela de música y de un pensionado de señoritas… Dicho sea entre nosotros, a mi mujer le gusta mucho quejarse de la falta de dinero; pero la realidad es que tiene ahorros de cuarenta a cincuenta mil rublos…, ¡por lo menos!…, mientras que yo no dispongo ni de una sola «kopeika»… ¡En fin, qué se le va a hacer!… En la pensión, el encargado de las faenas domésticas soy yo… Voy a la compra, vigilo el servicio, anoto los gastos, confecciono cuadernos, limpio de chinches los muebles, paseo al perrito de mi mujer, cazo ratones… Ayer, por ejemplo, que proyectaban hacer «blinis», mi obligación se redujo a dar a la cocinera la harina y la mantequilla; pues bien…, figúrense que hoy, cuando estaban preparados ya los «blinis», viene mi mujer a la cocina y dice que tres de las alumnas no pueden comerlos por tener las amígdalas inflamadas… Sobraban, por tanto, varios «blinis»… ¿Qué hacer con ellos?… Mi mujer quiso, primero, guardarlos en la despensa; pero luego, después de pensarlo un rato, me dijo: «¡Cómetelos tú, espantapájaros!»… Cuando está de mal humor me llama «espantapájaros»… «¡Satanás!»… ¿Y qué tengo yo de Satanás?… ¡Ella es la que está siempre de mal humor!… No puedo decir que me comí los «blinis»… Me los tragué sin masticar… ¡Tengo siempre tanta hambre!… Ayer, por ejemplo, no me dio de comer en absoluto… «¿Por qué voy a tener yo que darte de comer?», me dijo… Pero… (Mirando el reloj), nos estamos desviando del tema. Prosigamos… Aunque, en realidad, creo que seguramente les gustaría más estar escuchando una sinfonía o un aria… (Canta) «¡En el combate no perderemos la sangre fría!»… No me acuerdo de dónde es esto… A propósito…, me olvidaba decirles que en la escuela de música de mi mujer…, aparte de las ocupaciones domésticas…, tengo obligación de dar clase de matemáticas, de física, de química, de geografía, de historia, de solfeo, de literatura, etcétera… Las lecciones de baile, canto y dibujo las cobra mi mujer, aunque la de baile y la de canto también soy yo quien las doy… Nuestra escuela está situada en el callejón de Piatisobachi y en el número trece. Seguramente es el vivir en un número trece lo que me hace tener tan poca suerte en la vida… Mis hijas nacieron en trece y nuestra casa tiene trece ventanas… ¡Qué, se le va a hacer!… Si alguien desea más detalles puede dirigirse a mi mujer, que está a todas horas en casa, o leer los programas de la escuela. Los vende el portero a treinta «kopeikas» la hoja. (Saca unas cuantas de su bolsillo) Si lo desean, puedo darles algunos. ¡A treinta «kopeikas» la hoja!… ¿Hay quien la quiera?… (Pausa) ¿No quiere nadie?… ¡Se la dejo a veinte! (Pausa) ¡La fatalidad!… ¡Si vivo en un número trece, cómo voy a tener suerte!… ¡Me he vuelto viejo y tonto!… Quién sabe si, por ejemplo, mientras estoy dando esta conferencia presento un aspecto alegre y, sin embargo…, ¡cómo me agradaría pegar un grito muy fuerte o salir de aquí disparado e ir a parar a mil leguas!… ¡No tengo nadie con quien poder lamentarme y hasta me entran ganas de llorar!… Me dirán ustedes…: «¿Y sus hijas?»… ¡Mis hijas!… ¡Les hablo y se echan a reír!… Mi mujer tiene siete hijas. No, perdón…, creo que seis… (Con viveza) No, siete… La mayor, Anna, ha cumplido los veintisiete, y la menor, los diecisiete… ¡Muy señores míos!… ¡Escuchen!… (Volviendo la cabeza para mirar tras de sí) ¡Soy un desgraciado!… ¡Me he convertido en un ser anodino…, aunque, en realidad…, tienen ustedes delante al más feliz de los padres…, o, por lo menos, debían tenerlo… Es todo lo que me atrevo a decir… ¡Si supieran ustedes solamente cuánto!… He vivido junto a mi mujer treinta y tres años de mi vida, que puedo decir fueron los mejores de ella… ¡Bueno!… ¡Los mejores, precisamente, no, pero…, casi, casi!… Estos, en una palabra, se deslizaron como un feliz instante…, aunque para hablar en justicia…, que se los lleve el diablo… (Volviendo la cabeza) Me parece que ella no ha venido todavía y que puede uno decir lo que quiere… ¡Me da miedo!… ¡Me da un miedo horrible cuando me mira!… Pues…, como les iba diciendo…, mis hijas seguramente no se casan por su timidez y, además, porque no hay hombre que tenga ocasión de conocerlas… Mi mujer no quiere dar reuniones ni invita nunca a nadie a comer… Es una dama sumamente roñosa, gruñona e irascible, por lo que jamás viene nadie a visitarnos; pero, sin embargo, puedo comunicarles, en calidad de secreto (Se acerca a las candilejas), que a las hijas de mi mujer puede vérselas en los días de las grandes festividades en casa de su tía Natalia Semionovna…, esa que padece de reuma y gasta un vestido amarillo con pintitas negras que parece va todo salpicado de cucarachas… Allí acostumbran también dar meriendas, y, cuando mi mujer no está presente, se permite esto: (Empina el codo) Tengo que decirles que la primera copa suele ya embriagarme, y que, en ese momento, siento en el alma tanta paz y, al mismo tiempo, tanta tristeza, que no tengo palabras para expresarlas… No sé por qué, acuden a mi memoria los años de mi juventud y experimento unos tremendos deseos de correr… ¡Ay!… (Con animación) ¡Si supieran ustedes lo fuertes que son estos deseos!… ¡Correr!… ¡Dejarlo todo!… ¡Correr sin volver atrás la cabeza!… ¡Adónde?… ¡Qué importa adónde!… ¡Lo que importa es escapar a esta vida fea, vulgar, barata, que me ha convertido en un viejo y lamentable tonto…, en un viejo y lamentable idiota!… ¡Escapar a esta vieja mezquina, mala, mala tacaña que es mi mujer!… ¡Mi mujer, que durante treinta y tres años me ha martirizado!… ¡Huir de la música, de la cocina, del dinero de mi mujer, de todas estas pequeñeces y vulgaridades, y detenerme lejos…, lejos…, en algún lugar del campo…, convertido en un árbol, en un poste, en un espantapájaros, bajo el ancho cielo, y pasarme la noche contemplando la clara, la silenciosa luna y olvidar!… ¡Olvidar!… ¡Oh, como quisiera no acordarme de nada!… ¡Cómo quisiera arrancar de mis hombros este vil y viejo frac con el que me casé hace treinta años!… (Arrancándose de encima el frac) ¡Con el que estoy dando siempre conferencias para fines benéficos!… ¡Toma!… (Pisoteándolo) ¡Toma!… ¡También yo soy tan viejo, tan pobre y tan lamentable como este chaleco de espalda gastada y deshilachada!… ¡Nada necesito!… ¡Estoy por encima y soy más puro que todo esto!…

¡Hubo un tiempo en el que fui joven, inteligente…, en el que estudié en la Universidad…, en el que soñé y me consideré un hombre!… ¡Ahora, nada necesito!… ¡Nada, salvo la paz!… (Mira hacia un lado y se pone precipitadamente el frac) Pero ¡si está mi mujer entre bastidores!… ¡Ha venido y me está esperando! (Mira el reloj) ¡Señores! ¡El tiempo fijado para esta conferencia ha expirado ya!… ¡Les ruego…, si ella les pregunta algo…, digan que ha sido pronunciada…, que el fantoche…, o séase, yo…, se portó dignamente!… (Echando una mirada a un costado y aclarándose la garganta) ¡Está mirando hacia aquí!… (Alzando la voz) «¡Una vez admitido que el tabaco contenga en sí el terrible veneno a que acabo de referirme, en ningún caso les aconsejo que fumen, y hasta me permito esperar que esta conferencia, que ha tenido por tema «El daño que hace el tabaco», les aporte un beneficio… He dicho… Dixi et animam levavi.» (Saluda, y sale con paso majestuoso) Telón.

 

Borradores, el amigo molesto pero indispensable del oficio

Si hay algo que no existe es un escritor sin borradores. César Aira dice que no corrige sus novelas. Es parte del marketing y toda esa fiesta que se hace alrededor de los genios, pero no le creo ni una palabra. Los borradores son el taller donde se trabaja la narrativa hasta dejarla a punto. Si no usas borradores lo que estas haciendo es un diario íntimo, una publicación en facebook, una descarga emocional, entre otras tantas posibles, que desde el punto de vista narrativo están llena de errores. Pueden funcionar, en especial si tienen humor o hay una voz que seduce por su propia inmadurez o espontaneidad, pero si tu idea es mejorar como narrador tenes que corregir.

Para eso son los borradores. El loop consiste en escribir, borrar, corregir, reescribir, borrar, reescribir, etc. Eventualmente llegar a publicar.

Es cierto que los borradores tienen mala fama. Para comenzar se los mira como una perdida de tiempo; todo lo que se escriba y no se publique es un desperdicio. O se cree que estandarizan los textos. O hacen que el escritor se aburra. Los borradores no tienen la culpa de que el escritor se aburra. Un borrador no es una línea de puntos sobre la que se dibuja una figura.

Hay varios tipos de borradores según la etapa evolutiva del texto. En un primer momento está el cuaderno de notas, ideas, tramas y personajes. Pueden ser frases o pequeños retazos de conversaciones que sirven como disparador. Incluso reflexiones o preguntas. Pienso en la película de Alien, que introdujo a la ciencia ficción en el mercado de masas, y la idea se vendió bajo un concepto tan simple como “Tiburón en el espacio”.

Chejov registra en uno de sus cuadernos de notas:

“Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida”.

En la contradicción de esa oración hay un cuento. Con esa premisa podemos dar paso a un segundo borrador donde los personajes actúan, se fisuran y drenan líquido dramático a lo largo del texto. En este segundo momento hay escuelas para todos los gustos y tipos de escritores, que tienen que ver con el estilo propio de cada uno y cómo la historia pasa de la imaginación al papel.

En mi caso soy bradburiano. Ray Bradbury decía:

Date prisa, no te muevas. Es la lección de la lagartija. Para todos los escritores. Cualquiera sea la criatura superviviente que observen, verán lo mismo. Saltar, correr, congelarse. En su capacidad de destellar como un párpado, chasquear como un látigo, desvanecerse como vapor, aquí un instante, ausente en el próximo, la vida se afirma en la tierra.

Lo que dice Ray es que suelten toda la historia como se les venga a la cabeza. Háganlo a saltos, dense prisa, que se les escapa. Láncenla, dice, que si la piensan demasiado se volverá fría. Una técnica propia del surrealismo.

En ese punto el consejo más importante que te puedo dar es que llegues al final. No te quedes en el medio de la carretera con el personaje varado, sin saber qué hacer, pensando que la historia te ha dominado. Siempre pasa que las historias nos quieren dominar. A menudo lo consiguen. ¿Qué tiene de malo? Dejá que te dominé, dejá que aparezcan dinosaurios, extraterrestres y que despierten a las doncellas de hierro de abajo de la tierra.

Ya tenes una primera idea en la cabeza, ahora dejá que la imaginación se desencadene. No le pongas palos en la rueda. Ya llegará el momento de la tijera y el recorte, pero en ese primer borrador lo mejor es ser algo inconsciente y hacer como que todo va de maravillas.

Cuando la técnica de fluir no funciona, ya sea por la complejidad de la trama, por los conflictos que se diluyen sin conseguir un final convincente u otros, la sugerencia es pensar escenas y momentos que son puntos sin retorno en la historia. Es otro tipo de borrador, uno que resume los giros principales que ocurren en la obra. Este borrador de escenas es muy usado por los guionistas de cine, donde la acción y el conflicto es la regla de oro. Se lo hace fácilmente si uno conoce las intenciones, las contradicciones y las etapas de desarrollo de los personajes. La textura de los personajes es lo que seduce al lector. Son estos los que generan identificación y marcan un camino y un ritmo para llegar del punto A al B, pasando en el medio por X, Y, Z, etc. Puede ser que el personaje nunca llegue del punto A al B, puede ser que en el medio descubra un delirio más interesante y la aventura se desvíe en esta dirección. Pero hay un plan que está empujando hacía un curso de acción. Ese curso de acción es una brújula dentro de la historia, no es infalible pero es lo mejor que hay disponible en el mercado. Hacer un borrador con ese itinerario de viaje puede darte un gran empujón para escribir.

Cuando la historia llega la final tenes listo tu primer borrador oficial. Felicitaciones, es un lindo momento. Dura poco pero se siente un gran placer, algo difícil de transmitir a los que no están en el oficio de la escritura o la sala de partos de un hospital. Realmente hace valer todo lo que sufriste en el camino e incluso lo que sigue a continuación, aunque no de inmediato. Lo mejor es dejar el borrador levar en soledad. Esperar un tiempo, salir del encierro, tomar un poco de sol, devolver las llamadas perdidas, etc. Mirar la criatura a los ojos en ese mismo instante que acabas de terminar su confección es un error. Hay demasiada intimidad y apego. Conviene ir ir por sexo, buscar algo de exceso, despegarse, cortar la relación. Pensar en otras cosas. Ver los horribles noticieros. Recién entonces volver con un marcador y una motosierra para descuartizar todos los personajes que sobran y las arboledas que no agregan nada relevante. Bueno, podes dejar algunos árboles sueltos, por puro placer estético, pero no vas a querer dejar un bosque donde el lector se pierda.

El trabajo de corregir puede ser cansador pero es más sencillo que el de escribir el primer borrador. Hay una material con problemas concretos para corregir. Se puede podar un bosque entero con los auriculares puestos. En ese momento suelo pensar en Ernesto Sábato como una guía ética para el podado.

Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas.

Cuando me cuesta borrar, porque me he enamorado demasiado de un personaje o incluso de una oración, repito las palabras de Picasso.

Todo acto de creación es en primer lugar un acto de destrucción.

Y shac. Se acabó el problema. Es lo más normal del mundo que con tanto machete haga falta escribir de vuelta. Lo cual es, a mi criterio, un buen signo. Si los borradores sirven para algo son para escribir más y mejor. Como dijimos al principio; el loop consiste en escribir, borrar, corregir, reescribir, borrar, reescribir, etc. Eventualmente llegar a publicar.

En lo alto para siempre por David Foster Wallace

Feliz cumpleaños. Tu decimotercer cumpleaños es importante. Tal vez sea tu primer día realmente público. Tu decimotercer cumpleaños es la ocasión para que la gente se dé cuenta de que te están pasando cosas importantes.

Te han estado pasando cosas durante el último medio año. Ahora tienes siete pelos en tu axila izquierda. Doce en la derecha. Espirales duras y amenazadoras de pelo negro y encrespado. Un pelo crujiente, animal. Alrededor de tus partes íntimas te han salido más pelos duros y rizados de los que puedes contar sin perderte. Y otras cosas. Tu voz es llena y rasposa y se mueve entre octavas sin previo aviso. Tu cara empieza a brillar cuando no te la lavas. Y dos semanas de dolor profundo y temible la pasada primavera hicieron que algo se te descolgara desde dentro: tu saco se ha llenado y se ha vuelto vulnerable, un articulo de lujo que tienes que proteger. Levantado y amarrado por unos suspensorios prietos que te dejan rayas rojas en las nalgas. Te ha brotado una nueva fragilidad.

Y sueños. Durante meses has tenido sueños que no se parecían a nada que hubieras visto antes: húmedos, trepidantes y distantes, llenos de curvas cimbreantes, de pistones frenéticos, de calor y de un vértigo tremendo. Y te has despertado con los párpados convulsos al ritmo de una descarga, un borbotón y un espasmo que te ha sacudido desde el cuero cabelludo hasta los dedos de los pies procedente de una zona en las profundidades de tu interior que nunca imaginabas que tuvieras, estremecimientos producidos por un dolor profundo y dulce, las farolas del otro lado de las persianas de tus ventanas proyectando estrellas brillantes en el techo negro del dormitorio, y una gelatina blanca y densa rezumándote entre las piernas, goteando y pegándose, enfriándose sobre ti, endureciéndose y aclarándose hasta que no queda nada más que nudos retorcidos de pelo animal duro y pálido en la ducha matinal y en esa maraña húmeda persiste un olor dulce y limpio que no puedes creer que proceda de nada que tú hayas creado en tu interior.

Más que a ninguna otra cosa, el olor se parece a esta piscina: una sal dulce mezclada con lejía, una flor de pétalos químicos. La piscina tiene un fuerte olor azul claro, aunque ya se sabe que el olor nunca es tan fuerte como cuando uno está dentro del azul, como tú ahora, recién salido del agua, descansando en la parte menos profunda de la piscina, con el agua a la altura de las caderas lamiéndote esa zona que te ha cambiado.

La terraza de esta vieja piscina pública situada en el extremo occidental de Tucson está rodeada por una verja Cyclone del color del peltre, decorada con un enredo brillante de bicicletas sujetas con cadenas. Detrás de la verja hay un aparcamiento negro y caluroso lleno de líneas blancas y coches resplandecientes. Un prado indistinto de hierba seca y matojos duros, cabezas aterciopeladas de viejos dientes de león que estallan y flotan como copos de nieve en el viento que se levanta. Y más allá de todo esto, doradas por un redondo y lento sol de septiembre, están las montañas, dentadas, con los ángulos agudos de sus picos recortándose contra una luz cansina de color rojo intenso. Sobre el fondo rojo sus picos afilados y conectados trazan una línea serrada, el electrocardiograma del día que agoniza.

Las nubes se tiñen de color en el borde del cielo. Flotan lentejuelas en el azul claro del agua, a esa temperatura cálida propia de las cinco de la tarde, y el olor de la piscina, igual que el otro olor, conecta con una niebla química que hay dentro de ti, una penumbra interior que desvía la luz hacia los bordes y difumina la distinción entre lo que termina y lo que empieza.

Tu fiesta es esta noche. Esta tarde, la tarde de tu cumpleaños, has pedido permiso para venir a la piscina. Querías venir solo, pero un cumpleaños es un día familiar, tu familia quiere estar contigo. Es amable por parte de ellos, no sabes explicar por qué querías venir solo, y la verdad es que tal vez no quisieras estar realmente solo, de manera que han venido. Están tomando el sol. Tu padre y tu madre toman el sol. Sus hamacas han estado señalando la hora toda la tarde, siguiendo la curva del sol a través de un cielo despejado y tan recalentado que ha adquirido la textura de una película gelatinosa. Tu hermana juega a Marco Polo cerca de ti en la parte menos profunda con un grupo de niñas flacas de su curso. Le toca a ella quedar, dice «Marco» y ha de perseguir a ciegas a quienes le replican chillando «Polo». Tiene los ojos cerrados y va dando vueltas al compás de un coro de gritos, girando en el centro de una rueda de niñas chillonas con gorros de baño. De su gorro sobresalen flores de goma. Los pétalos de color rosa viejos y flácidos tiemblan cada vez que ella se abalanza en dirección a los ruidos invisibles.

En el otro extremo de la piscina están el «tanque», la zona destinada a saltos, y la torre elevada del trampolín. En la terraza de detrás está la CAF TERÍA, y a ambos lados de la misma, atornillados sobre las entradas de cemento de las duchas oscuras y húmedas y los vestuarios, están los megáfonos de metal gris que emiten el hilo musical de la piscina, ese ruidito metálico y mortecino.

Caes bien a tu familia. Eres inteligente y callado, respetuoso con los mayores, aunque no te faltan agallas. Te portas bien en general. Vigilas a tu hermana pequeña. Eres su aliado. Tenías seis años cuando ella tenía cero y estabas enfermo de paperas cuando la trajeron a casa envuelta en una manta amarilla muy suave; le diste un beso de bienvenida en los pies por miedo a contagiarle las paperas. Tus padres dijeron que aquello era un buen augurio. Que marcaba la tónica. Ahora creen que tenían razón. Están orgullosos de ti y satisfechos en todos los sentidos y se han retirado a esa distancia afable en la que se mueven el orgullo y la satisfacción. Os lleváis bien.

Feliz cumpleaños. Es un gran día, tan grande como la bóveda del cielo del suroeste. Lo has estado cavilando. Ahí arriba está el trampolín. Pronto querrán marcharse. Súbete y hazlo.

Te sacudes de encima la limpieza azul. Estás lleno de cloro, suave y resbaladizo, reblandecido, con las yemas de los dedos arrugadas. La niebla de olor demasiado limpio de la piscina se te ha metido en los ojos; descompone la luz en colores suaves. Te golpeas la cabeza con la base de la mano. En un lado de la cabeza suena un eco fofo. Inclinas la cabeza hacia ese lado y das un saltito, un calor repentino en tu oído, delicioso, mientras el agua calentada en tu cerebro se enfría en el nautilo exterior de tu oreja. Ahora oyes la música más nítida y metálica, los gritos más cercanos, mucho movimiento en mucha agua.

La piscina está llena para ser tan tarde. Hay chicos flacos, hombres peludos como animales. Chicos desproporcionados, todo cuello, piernas y articulaciones huesudas, estrechos de pecho y vagamente parecidos a pájaros. Como tú. Hay ancianos que se mueven a tientas por la parte menos profunda con las piernas rígidas como patas de palo, palpando el agua con las manos, fuera de todos los elementos a la vez.
Y niñas-mujeres, mujeres, curvilíneas como instrumentos o como frutas, con la piel barnizada de color castaño oscuro, la parte superior de sus bañadores sostenida por frágiles nudos de cordón de colores delicados que aguantan el peso de cargas misteriosas, la parte inferior encabalgada sobre las suaves prominencias de unas caderas totalmente distintas a las tuyas, hinchazones desmedidas y giratorias que se funden bajo la luz con un espacio circundante que sostiene y acomoda sus curvas suaves como si fueran objetos preciosos. Casi lo puedes entender.

La piscina es un sistema de movimientos. Aquí y ahora se ven: chapoteos, combates de salpicaduras, zambullidas, acorralamientos en las esquinas, Tiburones y Sardinas, caídas desde lo alto, Marco Polo (tu hermana todavía Lo es, medio llorosa, hace demasiado rato que Lo es, el juego rayano en la crueldad, pero no te compete defenderla ni avergonzarla). Dos chicos de color blanco brillante con toallas de algodón atadas como si fueran capas corren por el borde de la piscina hasta que el socorrista les hace detenerse en seco gritando por el megáfono. El socorrista es de color castaño como un árbol, el vello rubio le forma una línea vertical sobre el estómago, lleva un sombrero de explorador de la selva y su nariz es un triángulo blanco de crema. Una niña rodea con el brazo una de las patas de su torreta. Está aburrido.

Ahora sales y pasas junto a tus padres, que están tomando el sol y leyendo y no te miran. Olvídate de tu toalla. Detenerse a recoger la toalla significa hablar y hablar requiere pensar. Has decidido que el miedo lo causa básicamente el hecho de pensar. Sigue adelante, hacia el tanque que hay en el extremo hondo de la piscina. Al borde de tanque hay una torre enorme de hierro de color blanco sucio. Un trampolín sobresale de la alto de la torre como una lengua. La terraza de cemento de la piscina es áspera y está caliente al tacto de tus pies llenos de cloro. Cada una de las huellas que dejas es más fina y tenue. Va menguando detrás de ti sobre la piedra caliente hasta desaparecer.

Flotan hileras de salchichas de plástico alrededor del tanque, que es un mundo en sí mismo, ajeno al ballet convulsivo de cabezas y brazos del resto de la piscina. El tanque es azul como la energía, pequeño y profundo y perfectamente cuadrado, flanqueado por las calles de la piscina y por la CAF TERÍA y la terraza áspera y caliente y la sombra inclinada bajo la luz del atardecer de la torre y el trampolín. El tanque está silencioso y tranquilo y quieto en el lapso entre dos zambullidas.

Tiene un ritmo propio. Como la respiración. Como una máquina. La cola de quienes esperan para subir al trampolín forma una curva que retrocede desde la escalera de la torre. La cola se tuerce gradualmente y se endereza al acercarse a la torre. Uno por uno, van llegando a la escalera y suben. Uno por uno, separados por un latido del corazón, alcanzan la lengua del trampolín que hay en lo alto. Y una vez en el trampolín, hacen una pausa, siempre exactamente la misma pausa que se prolonga durante un latido del corazón. Sus piernas los llevan hasta el extremo, donde todos dan el mismo bote para impulsarse y trazan una curva con los brazos como si estuvieran dibujando algo circular y total. Pisan con fuerza el extremo de la tabla y hacen que esta los lance hacia arriba y afuera.

Es una máquina de descensos en picado, de líneas de movimiento discontinuas a través de la dulce neblina de cloro del atardecer. Uno puede contemplar desde la terraza cómo golpean la superficie fría y azul del tanque. Cada zambullida crea un penacho blanco que se eleva, se desploma sobre sí mismo, se extiende y se deshace en forma de espuma. Luego aparece un azul puro en medio de la mancha blanca y crece como un pudín, hasta limpiarlo todo de nuevo. El tanque se cura a sí mismo. Tres veces mientras tú recorres el camino.

Estás en la cola. Mira a tu alrededor. Tienes que parecer aburrido. En la cola casi nadie habla. Todos parecen ensimismados. La mayoría miran la escalera y parecen aburridos. Casi todos tenéis los brazos cruzados y estáis congelados por un viento vespertino que se está levantando y que golpea las constelaciones de partículas de cloro azul puro que cubren vuestras espaldas y vuestros hombros. Parece imposible que todo el mundo pueda estar tan aburrido. A tu lado tienes el extremo de la sombra de la
torre, la lengua negra inclinada que es el reflejo del trampolín. La sombra es un sistema enorme, largo, escorado a un lado y unido a la base de la torre formando un ángulo oblicuo y agudo.

Casi todos los que están en la cola del trampolín miran la escalera. Los chicos mayores miran el trasero a las chicas mayores que suben. Los traseros están enfundados en una tela suave y fina, en nilón ajustado y elástico. Los buenos traseros ascienden por la escalera como péndulos sumergidos en líquido, siguiendo un código lento e indescifrable. Las piernas de las chicas te hacen pensar en ciervos. Tienes que parecer aburrido.

Mira más allá. Mira al otro lado. Puedes ver perfectamente. Tú madre está en su hamaca, leyendo, con los ojos entornados, con la cara inclinada hacia arriba para recibir la luz del sol en las mejillas. No ha mirado para ver dónde estás. Da un sorbo de alguna bebida dulzona de una lata. Tu padre está tumbado sobre su enorme panza, su espalda parece una cresta en el lomo de una ballena, los hombros cubiertos de rizos de pelo animal, la piel untada de aceite y de color castaño oscuro por culpa del exceso de sol. Tu toalla está colgando de la silla y ahora se mueve una punta de la tela: tu madre la ha golpeado al espantar a una abeja a la que parece gustarle lo que ella tiene en la lata. La abeja vuelve enseguida y parece flotar inmóvil sobre la lata trazando un suave borrón. Tu toalla tiene una cara enorme del oso Yogi.

En algún momento ha tenido que haber más gente en la cola detrás de ti que delante. Ahora no hay nadie por delante excepto tres personas que suben por la estrecha escalerilla. La mujer que hay delante de ti está en los travesaños de abajo, mirando hacia arriba. Lleva un bañador ajustado de nilón negro de una sola pieza. Asciende. Desde lo alto llega un retumbo, luego una caída tremenda, un penacho y el tanque se cura a sí mismo. Ahora quedan dos personas en la escalera. Las normas de la piscina dicen que solamente puede haber una persona en la escalera, pero el socorrista nunca grita a los que suben. El socorrista es quien dicta las verdaderas normas gritando o dejando de gritar.

La mujer que hay por encima de ti no tendría que llevar un bañador tan ajustado. Es tan mayor como tu madre e igual de corpulenta. Es demasiado corpulenta y está demasiado blanca. Su bañador rebosa. La parte posterior de sus muslos queda constreñida por el bañador y tiene un aspecto parecido al queso. Sus piernas están marcadas con los garabatos pequeños y abruptos de las venas varicosas y azules que circulan por debajo de la piel blanca, como si sus piernas tuvieran algo roto o herido. Parece que sus piernas tendrían que doler si uno las apretara, de tan llenas como están de garabatos árabes retorcidos de un azul roto y frío. Sus piernas hacen que te duelan las tuyas.

Los travesaños son muy delgados. No te lo esperabas. Cilindros delgados de hierro envueltos en fieltro de seguridad mojado y resbaladizo. El olor del hierro mojado a la sombra te hace sentir un sabor metálico. Cada travesaño se te clava en las plantas de los pies y te deja una marca. Las marcas se clavan hondo y duelen. Te sientes pesado. Cómo debe de sentirse la mujer corpulenta que tienes por encima. Los pasamanos a los lados de la escalera también son muy delgados. Parece que no puedan sostenerte. Confías en que la mujer también se coja bien. Y, por supuesto, desde lejos parecía que hubiera menos travesaños. No eres estúpido.

Subes hasta la mitad, a la vista de todos, la mujer corpulenta por delante de ti, un hombre robusto, calvo y musculoso bajo tus pies. El trampolín todavía está lejos en lo alto y es invisible desde aquí. La tabla retumba y hace un ruido batiente, y un chico al que puedes ver a lo largo de unos cuantos pies a través de los finos travesaños de la escalera cae trazando una línea resplandeciente, con una rodilla abrazada contra el pecho, y se zambulle al estilo bomba. Un enorme signo de exclamación de espuma aparece en tu campo visual, se disgrega y se desmorona sobre el enorme borbotón. Luego, el murmullo del tanque curando de nuevo su superficie azul.

Más travesaños delgados. Agárrate fuerte. La radio se oye más alta aquí, uno de los altavoces colocado sobre una de las entradas de cemento de los vestuarios te queda a la altura de los oídos. Un tufillo húmedo y frío sale del interior del vestuario. Te agarras fuerte a las barras de hierro, te doblas, miras hacia abajo y a tu espalda y puedes ver a la gente comprando chucherías y refrescos allí abajo. Puedes verlo todo desde arriba: la cima blanca y limpia de la gorra del vendedor, los envases de helado, las neveras de latón humeantes, los tanques de sirope, las serpientes de las mangueras de soda, las cajas abultadas de palomitas saladas recalentadas por el sol. Ahora que estás en lo alto puedes verlo todo.

Hace viento. Cuanto más alto llegas más viento hace. El viento es fino; cuando sopla a la sombra te enfría la piel mojada. Con el fondo de la escalera y a la sombra tu piel se ve muy blanca. El viento te produce un silbido agudo en los oídos. Faltan cuatro travesaños para el final de la escalera. Los travesaños te hacen daño en los pies. Son delgados y te demuestran cuánto pesas. En la escalera pesas mucho. El suelo te quiere de vuelta.

Por fin puedes ver lo que hay por encima de la escalera. Ves el trampolín. La mujer está ahí. Tiene dos caballones de callos rojos y de aspecto doloroso en la parte posterior de los tobillos. Está de pie al principio del trampolín y le miras los tobillos. Ahora estás por encima de la sombra de la torre. El hombre corpulento que hay debajo de ti está mirando por entre los travesaños de la escalera el espacio que la mujer tiene que atravesar.

Ella se detiene durante el instante que dura un latido del corazón. No hay ni rastro de lentitud. Te quedas helado. En un abrir y cerrar de ojos llega al final del trampolín, toma impulso hacia arriba, luego hacia abajo, el trampolín se comba hacia abajo como si no la quisiera. Luego asiente, rebota y la arroja violentamente hacia arriba y hacia fuera. Sus brazos se abren para trazar el círculo y de pronto desaparece. Se esfuma en un parpadeo oscuro. Y pasa tiempo antes de que oigas el impacto allí abajo.

Escucha. No parece apropiado, esa manera de desaparecer durante el tiempo que transcurre hasta que se oye el ruido. Como cuando tiras una piedra en un pozo. Pero te da la impresión de que ella no piensa lo mismo. Ella era parte de un ritmo que excluye el pensamiento. Y ahora tú también te has convertido en parte de él. El ritmo parece ciego. Como las hormigas. Como una máquina.

Decides que es necesario pensar en esto. Después de todo, puede ser apropiado hacer algo temible sin pensarlo, pero no cuando lo temible es el propio hecho de no pensar, Ion cuando resulta que el penar es inapropiado. En algún momento los detalles inapropiados se han amontonado hasta cegarte; el aburrimiento fingido, el peso, los travesaños finos, el dolor en los pies, el espacio segmentado por la escalera en encuadres unidos solamente mediante una desaparición en el tiempo. El viento en la escalera que nadie hubiera esperado. La manera en que el trampolín sobresale de la sombra para entrar en la luz y no puedes ver más allá de su extremo. Cuando todo resulta distinto a lo esperado uno tendría que ponerse a pensar. Es lo que habría que hacer.

La escalera está atestada debajo de ti. La gente está apilada, separados los unos de los otros por unos pocos travesaños. La escalera está conectada a una nutrida cola que retrocede y traza una curva hasta la oscuridad de la sombra escorada de la torre. La gente de la cola tiene los brazos cruzados. Los que están al pie de la escalera están ansiosos y miran todos hacia arriba. Es una máquina que solamente se mueve hacia delante.

Subes a la lengua de la torre. El trampolín resulta ser muy largo. Tan largo como el tiempo que pasas en él. El tiempo se ralentiza. Se condensa a tu alrededor mientras tu corazón late cada vez más veces por segundo y sus latidos abarcan todos los movimientos del sistema de la piscina allí abajo.

El trampolín es largo. Desde donde estás parece estrecharse hasta la nada. Te va a enviar a alguna parte que su propia longitud te impide ver y parece inadecuado entregarse a esto sin pararse a pensar.

Mirado de otro modo, el mismo trampolín no es más que una cosa larga, plana y delgada cubierta con una sustancia plástica blanca y áspera. La superficie blanca es muy áspera y tiene motas y rayas de un color rojo pálido y acuoso que sin embargo nunca deja de ser rojo para convertirse en rosa: viejas gotas de agua de la piscina que atrapan la luz del sol vespertino sobre las montañas escarpadas. La sustancia blanca y áspera del trampolín está mojada. Y fría. Los pies te duelen por culpa de los travesaños delgados y tienen una sensibilidad exacerbada. Se resienten de tu peso. Hay barandillas en el principio del trampolín. No son como las barras laterales de la escalera. Son gruesas y están muy bajas, de modo que casi tienes que agacharte para cogerte a ellas. Solamente son de adorno, nadie se coge a ellas.. Agarrarse lleva tiempo y altera el ritmo de la máquina.
Es un trampolín largo, frío, áspero y blanco de plástico o fibra tic vidrio, veteado del mismo color triste cercano al rosa que las golosinas baratas.

Pero al final del trampolín blanco, en su extremo, en donde te apoyas con todo tu peso para hacer que te arroje lejos, hay dos zonas de oscuridad. Dos sombras planas bajo la luz del sol. Dos formas ovales difusas y negras. El final del trampolín tiene dos manchas sucias.

Son de toda la gente que ha pasado antes que tú. Mientras estás aquí de pie tus pies están reblandecidos y marcados, doloridos por la superficie áspera y mojada, y ves que las dos manchas oscuras las ha hecho la piel de la gente. Es piel erosionada de los pies por la violencia de la desaparición de gente provista de un peso real. Más gente de la que podrías contar sin perderte. El peso y la erosión causada por su desaparición deja trocitos de pies reblandecidos, migas, grumos y tiras de una piel sucia, oscurecida y morena cuyos trocitos diminutos y deslavados se ven a la luz del sol al final del trampolín. Se amontonan, se deslavan y se mezclan. Se oscurecen formando dos círculos.

Fuera de ti el tiempo no transcurre en absoluto. Es asombroso. El ballet vespertino que tiene lugar allí abajo se mueve a cámara lenta, con los movimientos pesados de mimos sumergidos en jalea azul. Si quisieras podrías quedarte aquí encima para siempre, vibrando tan deprisa por dentro que flotarías inmóvil en el tiempo, como una abeja flotando sobre alguna sustancia dulce. Pero tendrían que limpiar el trampolín. Cualquiera que lo piense un segundo se dará cuenta de que tendrían que limpiar del extremo del trampolín toda esa piel de la gente, esas dos huellas negras de lo que queda del pasado, esas manchas que desde aquí detrás parecen ojos, ojos ciegos y bizcos.

El sitio donde estás ahora es tranquilo y silencioso. La radio grita al viento y chapotea en otra parte. No hay tiempo ni más sonido real que tu sangre chillándote en la cabeza.

Estar aquí en lo alto comporta visiones y olores. Los olores son íntimos, recién blanqueados. Es ese peculiar aroma floral de la lejía, pero de su interior emanan otras cosas hacia ti como una nieve sembrada de hierba. Notas un olor intenso a palomitas amarillas. A un aceite dulce y tostado como el de los cocos calientes. Deben de ser perritos calientes o maíz tostado. Un rastro diminuto y cruel de Pepsi muy oscura en vasos de papel. Y ese olor especial a toneladas de agua emanando de toneladas de piel, elevándose como el humo de un baño reciente. Calor animal. Desde lo alto es más real que nada.

Míralo. Puedes verlo todo en toda su complejidad, azul y blanco, marrón y blanco, bañado en un destello acuoso de color rojo cada vez más intenso. Todo el mundo. Esto es lo que la gente llama una vista. Y sabías que desde abajo no te podía parecer que estuvieras tan alto aquí arriba. Ahora ves qué alto te encuentras. Sabías que desde abajo no se puede saber.

El tipo que tienes debajo te dice, con la vista clavada en tus tobillos, el hombre calvo y corpulento: Eh, chico. Quieren saber. ¿Tienes pensado pasarte todo el día aquí o qué te pasa exactamente? Eh, chico, ¿estás bien?

Todo este tiempo ha habido tiempo. No puedes matar al tiempo con el corazón. Todo ocupa tiempo. Las abejas tienen que moverse muy deprisa para permanecer quietas.

Eh, chico, te dice. Eh, chico, ¿estás bien?

Brotan flores metálicas en tu lengua. Ya no hay tiempo para pensar. Ahora que hay tiempo no tienes tiempo.

Eh.

Lentamente ahora, atravesándolo todo, surge una mirada que se extiende como las ondas que aparecen en el agua cuando lanzas algo. Mira cómo se extiende desde la escalera. Tu hermana, a la que acabas de ver, y sus amigas blancas y delgadas, señalándote. Tu madre mira hacia la parte menos profunda de la piscina donde estabas antes y pone la mano en forma de visera. La ballena se agita y se sacude. El socorrista levanta la vista, la niña que le agarra la pierna levanta la mirada, echa mano al megáfono.

Debajo para siempre hay una terraza áspera, chucherías, música tenue y metálica, ahí abajo donde solías estar. La cola está abarrotada y no permite marcha atrás. Y el agua, por supuesto, solamente es blanda cuando estás en su interior. Mira hacia abajo, Ahora se mueve bajo el sol, llena de monedas duras de luz dotadas de un resplandor rojizo a medida que se alejan y se funden con una niebla que es1a sal de tu propio sudor. Las monedas estallan formando lunas nuevas, cascotes alargados procedentes de los corazones de estrellas tristes. El tanque cuadrado es una sabana fría y azul. Lo frío es una modalidad de lo duro. Una modalidad de la ceguera. Te han pillado desprevenido. Feliz cumpleaños. ¿Creías que ya había pasado? Sí y no. Eh, chico.

Dos manchas negras, un momento de violencia y desapareces en el pozo del tiempo. La altura no es el problema. Todo cambia cuando vuelves abajo. Cuando impactas con todo tu peso.

Entonces, ¿cuál es la mentira? ¿Lo duro o lo blando? ¿El silencio o el tiempo?

La mentira es que haya que elegir entre una cosa y otra. Una abeja quieta y flotante se mueve demasiado deprisa para pensar. Desde lo alto la dulzura la hace enloquecer.

El trampolín asentirá y tú saldrás despedido, y los ojos de piel podrán cruzar a ciegas un cielo empañado de nubes, la luz horadada se vaciará detrás de esa piedra afilada que es la eternidad. Que es la eternidad. Pisa la piel y desaparece.

Hola.

El puente del Troll de Neil Gaiman

El puente del Troll

Quitaron casi todas las vías férreas a principios de los sesenta, cuando yo tenía tres o cuatro años. Recortaron drásticamente el servicio de trenes. Eso significaba que no había adonde ir si no era a Londres, y la pequeña ciudad donde yo vivía se convirtió en el final de la línea.

El primer recuerdo fiable que tengo: a los dieciocho meses, mi madre está en el hospital dando a luz a mi hermana y mi abuela pasea conmigo hasta un puente y me alza para que vea el tren que pasa por debajo, jadeando y echando vapor como un dragón de hierro negro.

Durante los años siguientes, se perdió el último de los trenes a vapor y, con él, desapareció la red de vías férreas que unían pueblo con pueblo, ciudad con ciudad.

Yo no sabía que los trenes estaban desapareciendo. Para cuando tenía siete años, habían pasado a la historia.

Vivíamos en una casa vieja en las afueras de la ciudad. Los campos de enfrente estaban vacíos y en barbecho. Solía saltar la valla y echarme a leer a la sombra de un juncal pequeño; o si me sentía más intrépido exploraba el parque de la casa solariega vacía que había al otro lado de los campos. Tenía un estanque ornamental atascado por las algas, sobre el que había un puente bajo de madera. Nunca vi a un encargado o a un guarda en mis incursiones en los jardines y bosques y nunca intenté entrar en la casa solariega. Eso habría sido exponerse al desastre y, además, para mí era cuestión de fe que todas las casas viejas y vacías estaban embrujadas.

No es que fuera crédulo, simplemente creía en todo lo que era oscuro y peligroso. Parte de mi credo juvenil era que la noche estaba llena de fantasmas y brujas, hambrientos y agitando los brazos y vestidos completamente de negro.

Lo opuesto también era válido y eso me tranquilizaba: la luz del día era segura. La luz del día siempre era segura.

Un ritual: el último día del tercer trimestre escolar, de camino a casa, me quitaba los zapatos y los calcetines y, sujetándolos con las manos, recorría el camino pedregoso de sílex con pies rosados y tiernos. Durante las vacaciones de verano sólo me ponía los zapatos bajo coacción. Gozaba no teniendo que llevar calzado hasta que el colegio empezase otra vez en septiembre.

A los siete años descubrí el sendero que atravesaba el bosque. Era un verano caluroso y radiante y aquel día me alejé mucho de casa.

Estaba explorando. Pasé junto a la casa solariega, con sus ventanas cerradas con tablas y tapiadas, crucé el parque y atravesé unos bosques desconocidos. Bajé gateando por un talud empinado y me encontré en un

sendero sombreado que para mí era nuevo y que estaba cubierto de árboles; la luz que atravesaba las hojas estaba teñida de verde y oro, y pensé que me hallaba en el país de las hadas.

Un riachuelo corría junto al sendero, repleto de renacuajos diminutos y transparentes. Cogí algunos y observé cómo se removían y daban vueltas. Luego los devolví al agua.

Paseé por el sendero. Era totalmente recto y estaba cubierto de hierba corta. De vez en cuando encontraba unas rocas fantásticas: cosas fundidas y llenas de burbujas, marrones y violetas y negras. Si las ponías a contraluz veías todos los colores del arco iris. Estaba convencido de que tenían que ser sumamente valiosas y me llené los bolsillos.

Caminé y caminé por el silencioso pasillo dorado y verde y no vi a nadie.

No tenía ni hambre ni sed. Sólo me preguntaba adónde iría el sendero. Iba en línea recta y era totalmente llano. El sendero nunca cambiaba, pero el campo que lo rodeaba sí. Al principio estuve caminando por el fondo de un barranco, con pendientes cubiertas de hierba que ascendían abruptamente a ambos lados. Más tarde, el sendero estaba encima de todo y, mientras andaba, veía las copas de los árboles que había abajo y los tejados de las casas lejanas y aisladas. El sendero era siempre llano y recto, y caminé por él atravesando valles y mesetas y más valles y más mesetas. Al final, en uno de esos valles, llegué al puente.

Estaba hecho de ladrillos rojos y limpios, un arco enorme sobre el sendero. A un lado del puente había unos escalones de piedra excavados en el terraplén y, en lo alto de la escalera, una verja pequeña de madera.

Me sorprendí al ver una prueba de la existencia de la humanidad en mi sendero, pues ya estaba convencido de que se trataba de una formación natural, igual que un volcán. Entonces, con un sentido más de curiosidad que de otra cosa (al fin y al cabo, había recorrido cientos de millas, o eso creía, y podía estar en cualquier sitio), subí los escalones de piedra, abrí la verja y pasé.

No estaba en ningún sitio.

La parte de arriba del puente estaba pavimentada con barro. A cada extremo del puente había un prado. El prado de mi extremo era un campo de trigo; en el otro campo sólo había hierba. En el barro seco se veían las huellas endurecidas de las ruedas enormes de un tractor. Crucé el puente para asegurarme: no se oyó ningún trip-trap, mis pies descalzos no producían ningún sonido.

No había nada en varias millas a la redonda; sólo campos y trigo y árboles.

Cogí una espiga de trigo y saqué los granos dulces, los pelé entre los dedos y los mastiqué meditabundo.

Entonces me di cuenta de que empezaba a tener hambre y bajé las escaleras hasta la vía férrea abandonada. Era hora de irse a casa. No me había perdido; lo único que tenía que hacer era volver a seguir el sendero hasta casa.

Había un troll esperándome, debajo del puente.

―Soy un troll ―dijo. Entonces hizo una pausa y añadió, como si se le hubiese ocurrido después―, Sig el seng derg.

Era inmenso: su cabeza rozaba el arco de ladrillos. Era más o menos transparente: yo veía los ladrillos y los árboles que había detrás de él, borrosos pero no perdidos. Era todas mis pesadillas en carne y hueso. Tenía dientes enormes y afilados, zarpas desgarradoras y manos fuertes y peludas. Tenía el pelo largo, como una

de las muñecas de plástico de mi hermana, y los ojos saltones. Estaba desnudo y el pene le colgaba de la mata de pelo de muñeco que tenía entre las piernas.

―Te he oído, Jack ―susurró en una voz como el viento―. He oído el trip-trap de tus pasos por mi puente. Y ahora me voy a comer tu vida.

Yo sólo tenía siete años, pero era de día y no recuerdo que estuviese asustado. A los niños les va bien encontrarse con los elementos de un cuento de hadas, están muy preparados para enfrentarse a ellos.

―No me comas ―le dije al troll. Yo llevaba una camiseta a rayas marrones y pantalones de pana marrón. Tenía el pelo castaño y me faltaba un diente de delante. Estaba aprendiendo a silbar entre los dientes, pero aún me faltaba un poco.

―Me voy a comer tu vida, Jack ―dijo el troll. Le miré fijamente.

―Mi hermana mayor vendrá por el sendero muy pronto ―mentí― y está mucho más sabrosa que yo. Cómetela a ella.

El troll olisqueó el aire y sonrió.
―Estás completamente solo ―dijo―. No hay nada más en el sendero. Absolutamente nada.

Entonces se inclinó y me pasó los dedos por encima: fue como si unas mariposas me rozasen la cara, como si me palpara un ciego. Luego se olfateó los dedos y negó con la cabeza.

―No tienes una hermana mayor. Sólo una hermana menor y hoy está en casa de su amiga. ―¿Has adivinado todo eso por el olor? ―pregunté, atónito.

―Los trolls pueden oler los arcos iris y también pueden oler las estrellas ―susurró tristemente―. Los trolls pueden oler los sueños que soñaste antes de que hubieras nacido. Acércate y me comeré tu vida.

―Llevo piedras preciosas en el bolsillo ―le dije al troll―. Quédate con ellas y no conmigo. Mira. ―Le enseñé las rocas preciosas de lava que había encontrado antes.

―Escoria de hulla ―dijo el troll―. Los residuos de los trenes a vapor. Para mí no tienen ningún valor.

Abrió bien la boca. Dientes afilados. Aliento que olía a hongos y a la parte de abajo de las cosas.

―Comer. Ahora.

Se fue volviendo más y más sólido, más y más real; y el mundo exterior se volvió más llano y empezó a desvanecerse.

―Espera ―clavé los pies en la tierra húmeda bajo el puente, moví los dedos de los pies, me agarré fuerte al mundo real. Le miré fijamente a los ojos grandes―. Tú no quieres comerte mi vida. Aún no. Y yo tengo sólo siete años. Aún no he vivido nada. Hay libros que no he leído todavía. Nunca me he subido a un avión. Aún no sé silbar, no mucho. ¿Por qué no dejas que me vaya? Cuando sea mayor y más grande y sea una comida mejor que ahora, volveré contigo.

El troll me miró con ojos como faros. Después asintió con la cabeza. ―Cuando vuelvas, entonces ―dijo. Y sonrió.

Me di la vuelta y caminé por el sendero recto y silencioso donde antes habían estado las vías férreas. Después de un rato empecé a correr.

Recorrí el camino con pasos pesados, a la luz verde, bufando y resoplando, hasta que sentí un dolor punzante bajo el tórax, el dolor del flato; y, apretándome el costado, llegué a casa a trompicones.

Los campos empezaron a desaparecer a medida que me hacía mayor. Una a una, hilera a hilera, surgieron casas con calles a las que les habían puesto el nombre de plantas silvestres y escritores respetables. Vendieron nuestra casa, un edificio victoriano viejo y ruinoso, y la tiraron abajo; casas nuevas cubrieron el jardín.

Construyeron casas por todas partes.

Una vez me perdí en una urbanización que cubría dos prados de los que antes había conocido cada centímetro. Sin embargo, no me importaba demasiado que los campos estuvieran desapareciendo. Una multinacional compró la antigua casa solariega y el parque se convirtió en más casas.

Pasaron ocho años antes de que regresara a la vieja línea férrea y, cuando lo hice, no estaba solo.

Tenía quince años; había cambiado de colegio dos veces durante ese tiempo. Ella se llamaba Louise y era mi primer amor.

Amaba sus ojos grises y su fino cabello castaño claro y su forma desgarbada de andar (como un cervato que está aprendiendo a andar, lo que suena muy tonto así que pido disculpas): la vi masticando chicle, cuando yo tenía trece años, y me perdí por ella como un ciego en un laberinto.

El problema principal de estar enamorado de Louise era que éramos respectivamente el mejor amigo del otro, y que ambos salíamos con otra gente.

Nunca le había dicho que la amaba, ni siquiera que me gustaba. Éramos colegas.

Había estado en su casa aquella noche: nos quedamos en su habitación y pusimos Rattus Norvegicus, el primer LP de los Stranglers. Era el principio del punk y todo parecía tan emocionante: las posibilidades, tanto en música como en todo lo demás, eran infinitas. Al final fue hora de irse a casa y ella decidió acompañarme. Nos cogimos de la mano, inocentemente, como amigos, y paseamos los diez minutos que había hasta mi casa.

La luna brillaba, el mundo era visible e incoloro y hacía una noche cálida.

Llegamos a mi casa. Vimos luces dentro y nos quedamos en el camino de entrada y hablamos del grupo que yo estaba montando. No entramos.

Entonces decidimos que yo la acompañaría a ella hasta su casa. Así que nos pusimos en camino.

Me habló de las batallas que tenía con su hermana menor, que le robaba el maquillaje y el perfume. Louise sospechaba que su hermana estaba acostándose con chicos. Louise era virgen. Ambos lo éramos.

Estábamos en la calle que había delante de su casa, bajo la luz amarillo sodio de la farola, y nos mirábamos los labios negros y las caras amarillo pálido.

Nos sonreímos.

Entonces nos pusimos a andar, escogiendo calles silenciosas y senderos vacíos. En una de las urbanizaciones nuevas, un sendero nos llevó al bosque y lo seguimos.

El sendero era recto y oscuro, pero las luces de las casas lejanas brillaban como estrellas en la tierra y la luna nos daba luz suficiente para ver. Una vez nos asustamos, cuando algo bufó y resopló delante de nosotros. Nos apretujamos, vimos que era un tejón, nos reímos y nos abrazamos y seguimos andando.

Hablábamos en voz baja, de tonterías, de lo que soñábamos y lo que queríamos y lo que pensábamos. Y todo el tiempo quería besarla y tocarle los pechos y, quizá, meterle la mano entre las piernas.

Al final vi mi oportunidad. Había un puente de ladrillos viejo encima del sendero y nos paramos debajo de él. Me apretujé contra ella. Abrió la boca para besarme.

Entonces se quedó fría y rígida y dejó de moverse.

―Hola ―dijo el troll.

Solté a Louise. Estaba oscuro debajo del puente, pero la figura del troll llenaba la oscuridad.

―La he congelado ―dijo el troll―, para que podamos hablar. Ahora me voy a comer tu vida.

El corazón me latía con fuerza y sentía que estaba temblando.

―No.

―Dijiste que volverías conmigo. Y lo has hecho.

¿Aprendiste a silbar?

―Sí.

―Eso está bien. Yo nunca supe silbar ―husmeó y asintió con la cabeza―. Estoy satisfecho. Has crecido en vida y experiencia. Más para comer. Más para mí.

Agarré a Louise, una zombi tiesa, y la empujé hacia delante.

―No me cojas a mí. No quiero morir. Cógela a ella. Apuesto a que está mucho más deliciosa que yo. Además, es dos meses mayor que yo. ¿Por qué no te la llevas a ella?

El troll se quedó callado.

Olisqueó a Louise de pies a cabeza, olfateándole los pies y la entrepierna y los pechos y el pelo.

Entonces me miró.

―Es una inocente ―dijo―. Tú no. No la quiero a ella.

Te quiero a ti.

Fui hasta la abertura del puente y me quedé mirando las estrellas del cielo nocturno.

―Pero es que hay tantas cosas que no he hecho nunca

―dije, en parte a mí mismo―. O sea, nunca he… bueno, nunca me he acostado con nadie. Nunca he ido a América. Y no he… ―hice una pausa―. No he hecho nada. Aún no.

El troll no dijo nada.
―Podría volver contigo. Cuando sea mayor. El troll no dijo nada.

―Volveré. De veras que sí.

―¿Que volverás conmigo? ―dijo Louise―. ¿Por qué?

¿Adónde vas?

Me di la vuelta. El troll había desaparecido y la chica que había creído que amaba estaba envuelta por las sombras bajo el puente.

―Nos vamos a casa ―le dije―. Venga. Regresamos y no dijimos ni una palabra.

Louise salió con el batería del grupo de punk que yo había montado y, mucho después, se casó con otro. Nos encontramos una vez, en un tren, después de que se hubiera casado, y me preguntó si recordaba aquella noche.

Le dije que sí.

―Me gustabas mucho, aquella noche, Jack ―me dijo―. Pensé que ibas a besarme. Pensé que ibas a pedirme que saliera contigo. Te hubiera dicho que sí. Si me lo hubieses pedido.

―Pero no lo hice.
―No ―dijo―. No lo hiciste ―llevaba el pelo muy corto. No le quedaba.

No la volví a ver. La mujer estilizada de la sonrisa tensa no era la chica que yo había amado y hablar con ella me hizo sentir incómodo.

Me fui a vivir a Londres y, entonces, unos años después, volví, pero la ciudad a la que regresé no era la ciudad que yo recordaba: no había campos, ni granjas, ni caminitos de pedernal; y me mudé lo antes que pude a un pueblo diminuto a diez millas de allí.

Me mudé con mi familia ―ya estaba casado y tenía un niño pequeño― a una casa vieja que había sido, mucho años antes, una estación de tren. Habían quitado las vías y la anciana pareja que vivía enfrente de nuestra casa utilizaba aquel terreno para cultivar verduras.

Estaba envejeciendo. Un día me encontré una cana; otro, escuché una cinta en la que me había grabado hablando y me di cuenta de que sonaba exactamente igual que mi padre.

Trabajaba en Londres, en el departamento de contratación de una de las compañías discográficas más importantes. Iba en tren a Londres casi todos los días y volvía a casa algunas noches.

Tenía que alquilar un pisito en Londres; es difícil ir y volver a casa cada día cuando los grupos que estás examinando no salen tambaleándose al escenario hasta medianoche. Eso también significaba que era bastante fácil echar un polvo, si quería, y así era.

Pensé que Eleonora ―así se llamaba mi mujer; debería haberlo mencionado antes, supongo― no sabía nada sobre las otras mujeres; pero regresé de una excursión de dos semanas a Nueva York un día de invierno y, cuando llegué, la casa estaba vacía y fría.

Me había dejado una carta, no una nota. Quince páginas, muy bien mecanografiadas, y todas y cada una de las palabras que había escrito eran ciertas. La posdata incluida, que decía: En realidad no me quieres. Nunca me has querido.

Me puse un abrigo grueso y salí de casa y caminé, estupefacto y un poco atontado.

No había nieve en el suelo, pero había una escarcha dura y las hojas crujían bajo mis pies mientras andaba. Los árboles eran de un negro desnudo contra el cielo invernal crudo y gris.

Caminé junto a la carretera. Me pasaban los coches, que iban o venían de Londres. Una vez tropecé con una rama, medio escondida entre un montón de hojas secas, y me caí, me rasgué los pantalones y me hice un corte en la pierna.

Llegué al pueblo de al lado. Un río formaba un ángulo por la derecha con la carretera y había un sendero junto a él que no había visto nunca, y caminé por el sendero mientras miraba el río medio helado. Borboteaba, salpicaba y cantaba.

El sendero llevaba por unos campos; era recto y estaba cubierto de hierba.

Encontré una roca, medio enterrada, a un lado del sendero. La cogí, le quité el barro. Era un pedazo fundido de una sustancia violácea, con un extraño brillo multicolor. Me la puse en el bolsillo del abrigo y la sostuve en la mano mientras andaba, sintiendo su presencia cálida y tranquilizadora.

El río se alejó serpenteando por los campos y yo seguí andando en silencio.

Llevaba una hora caminando cuando vi las casas, nuevas y pequeñas y cuadradas, en el terraplén que había delante de mí.

Entonces vi el puente y supe dónde estaba: me hallaba en el sendero de las viejas vías férreas y lo había estado siguiendo desde la otra dirección.

Había graffitis a un lado del puente: JODER y BARR QUIERE A SUSAN y el omnipresente FN del Fre Nacional.

Me puse bajo el arco de ladrillos rojos del puente, entre envoltorios de helado y bolsas de patatas fritas y un único condón triste y usado, y observé el vapor de mi aliento en la tarde fría.

La sangre se había secado y se me había quedado enganchada a los pantalones.

Pasaban coches por el puente que había sobre mí; oí una radio muy alta en uno de ellos.

―¿Hola? ―dije, en voz baja, avergonzado, sintiéndome como un idiota―. ¿Hola?

No hubo respuesta. El viento hizo susurrar las bolsas de patatas fritas y las hojas.

―He vuelto. Dije que lo haría. Y lo he hecho. ¿Hola? Silencio.

Entonces empecé a llorar, estúpida y silenciosamente, bajo el puente.

Una mano me tocó la cara y alcé la vista.

―Creí que no volverías ―dijo el troll. Ahora tenía mi estatura, pero aparte de eso no había cambiado. Llevaba hojas enredadas en su pelo de muñeco largo y despeinado y tenía los ojos muy abiertos y tristes.

Me encogí de hombros, luego me sequé la cara con la manga del abrigo.
―He vuelto.
Tres niños pasaron por encima de nosotros, por el puente, gritando y corriendo.

―Soy un troll ―murmuró el troll, con una vocecita asustada―. Sig el seng derg.

Estaba temblando.

Alargué la mano y le cogí la zarpa enorme. Le sonreí.

―No pasa nada ―le dije―. En serio. No pasa nada. El troll asintió con la cabeza.

Me empujó al suelo, sobre las hojas y los envoltorios y el condón, y se me echó encima. Entonces alzó la cabeza y abrió la boca y se comió mi vida con sus dientes fuertes y afilados.

Cuando acabó, el troll se puso en pie y se sacudió. Se puso la mano en el bolsillo del abrigo y sacó un pedazo de escoria negra y llena de burbujas.

Me la dio.

―Esto es tuyo ―dijo el troll.

Le miré: llevaba mi vida puesta cómodamente, con facilidad, como si la hubiera estado llevando durante años. Cogí la escoria de hulla y la olisqueé. Podía oler el tren de donde había caído, hacía tanto tiempo. La agarré fuertemente con la mano peluda.

―Gracias ―dije.

―Buena suerte ―dijo el troll.

―Sí. Bueno. Ati también. El troll sonrió con mi cara.

Me dio la espalda y empezó a andar por el camino por el que yo había venido, hacia el pueblo, a la casa vacía que yo había dejado aquella mañana; y silbaba mientras andaba.

He estado aquí desde entonces. Escondido. Esperando.

Parte del puente.

Observo desde las sombras cuando pasa la gente: paseando a sus perros o hablando o haciendo las cosas que hace la gente. Algunas veces alguien se para debajo de mi puente, para quedarse un rato, mear o hacer el amor. Yo les observo, pero no digo nada; y ellos nunca me ven.

Sig el seng derg.

Simplemente me voy a quedar aquí, en la oscuridad bajo el arco. Os oigo a todos ahí fuera, oigo el trip-trap, trip- trap de vuestros pasos por mi puente.

Oh, sí, os oigo.
Pero no pienso salir.

La ficción es el energizante por excelencia

¿Por qué existen los escritores? ¿A qué se remontan? ¿Por qué hay tantos? Esas y otras preguntas buscan respuestas en esta entrada.

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Mi abuelo Edgardo se echaba en una reposera debajo del níspero de casa, encendía un cigarro y empezaba a contarme sus historias. Una especie de Alberto Laiseca pero autoreferencial y al aire libre. Mi abuelo tuvo un arranque difícil; a los ocho años perdió a su hermano y quedó solo ante la sombra fría del padre, adicto a los negocios. No es extraño que en cuanto veía la posibilidad se escapaba de su pueblo para aparecer  semanas después, cuando ya no le quedaban cartas bajo la manga o Ya Estaba Demasiado Cansado. Nadie sabía cómo hacía para sobrevivir hasta que contaba sus historias. Yo tenía cinco años cuando murió de cáncer de pulmón, y sin embargo tengo numerosos recuerdos de él, principalmente por sus historias y la forma de contarlas. Sus pausas, la voz grave, la risa, las preguntas que eran como un juego de adivinanzas.

Es difícil hablar de la existencia de los escritores sin mencionar la memoria. Aunque sea de paso, hay que citar a Jorge Luis Borges, en uno de los temas que siempre lo persiguió.

Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.

Probablemente la cita sea doblemente valida para un escritor, que va en busca de la profundidad y se dedica al entramado de distintos recuerdos y voces del pasado.

La imagen de mi abuelo Edgardo narrando sus viajes me remonta a la época de las cavernas, cuando los hombres se reunían alrededor de un fuego a compartir una ronda de historias. Unos contaban lo que habían visto al sur, otros refutaban con lo que habían encontrado al norte. El resplandor del fuego se iba apagando y al final los hombres dormían profundamente, como si hubieran agotado todo lo que tenía para darles el día.

¿Por qué tantos miles de años después seguimos manteniendo ese ritual? El fuego ha cambiado; ahora es la televisión, el cine, facebook, instagram, un blog (los blogs no han muerto). El fuego sigue ahí; más vivo que nunca, las 24 horas encendido. ¿Por qué esa necesidad de escuchar narración todo el tiempo?

Nos une. El compartir la lengua y el entender la historia que nos llega del otro permite, al menos durante un rato, vivir un poco menos solos. Una buena historia revela la poesía del mundo y nos seduce, abriendo las puertas a una existencia más plena. Dice Paul Auster:

Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias. Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas.

Hoy día las audiencias están algo enloquecidas o aprisionadas en una demanda de que todo tiene que causar risa. La dictadura de la diversión. Si no divierte no sirve. Aunque no tengo nada en contra del humor, me gustaría decir que es una dictadura perversa, como todas a las que nos somete la cultura de la época. Insisto en que hay otras formas de seducir. Algunas que necesitan de una inversión mayor de tiempo antes de ofrecer la recompensa. La intriga, el terror, el asombro, etcétera.

El drama es la raíz del dilema. Si uno presta atención en las interacciones cotidianas descubre que estamos rodeados de escenas dramáticas. Ejemplo. Tenemos que llegar al trabajo en un día de lluvia. ¿Qué ocurre cuando llegamos? Se lo contamos a alguien. Y aunque todos están contando más o menos la misma historia lo aceptamos gratamente. Aceptamos esas dosis de dramatismo porque hacen que la repetición cotidiana sea más tolerable. No me cuesta imaginar que en la era prehistórica también los cavernarios hablaban del clima hasta dar con un mejor tema de conversación.

Esa energía dramática que nos rodea es un combustible elemental para mover cualquier historia. Los escritores son vampiros, dice George Bernard Shaw:

La literatura es una extraña máquina que traga, que absorbe todos los placeres, todos los acontecimientos de la vida. Los escritores son vampiros.

Para José Saramago:

Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

Lo que rescato de Saramago es que aprovecha la capacidad de transformación que ofrece la ficción. Los textos, en la medida que son comprados como reales por el que los escucha o lee, comienzan a modificar lo real. Quizá podemos modificar la realidad en la medida en que modificamos la ficción.

Don Quijote y su cruzada es probablemente quien mejor ejemplifique esta idea. 

¿Por qué existen los escritores? ¿Por qué hay tantos? La forma reducida sería decir que simplemente la ficción nos energiza.

 

Diálogo de lechería por Roberto Arlt

Días pasados, tabique por medio, en un lechería con pretensiones de “reservado para familias”, escuché un diálogo que se me quedó pegado en el oído, por lo pelafustanesco que resultaba. Indudablemente, el indi­viduo era un divertido, porque las cosas que decía movían a risa. He aquí lo que más o menos retuve:

El Tipo. -Decime, yo no te juré amor eterno. ¿Vos podés afirmar bajo testimonio de escribano público que te juré amor eterno? ¿Me ju­raste vos amor eterno? No. ¿Y entonces…?

Ella. -Ni falta hacía que te jurara, porque bien sabés que te quie­ro…

El Tipo. -Un… Eso es harina de otro costal. Ahora hablemos del amor eterno. Si yo no te juré amor eterno, ¿por qué me hacés cuestión y me querellás?…

Ella. -¡Monstruo! Te sacaría los ojos…

El Tipo. -Y ahora me amenazás en mi seguridad personal. ¿Te das cuenta? ¿Querés privarme de mi libertad de albedrío?

Ella. -¡Qué disparates estás diciendo!…

El Tipo. -Es claro. Vos no me querés dejar tranquilo. Pretendés que como un manso cabrito me pase la vida adorándote…

Ella.- ¿Manso cabrito vos?… Buena pieza…, desvergonzado hasta decir basta…

El Tipo. -No satisfecha con amenazarme en mi seguridad personal, me injuriás de palabra.

Ella. -Si no me juraste amor eterno, en cambio me dijiste que me querías…

El Tipo. -Eso es harina de otro costal. Una cosa es querer… y otra cosa, querer siempre. Cuando yo te dije que te quería, te quería. Aho­ra…

Ella (amenazadora). -Ahora, ¿qué?

El Tipo (tranquilamente).- Ahora no te quiero como antes.

Ella. -¿Y cómo me querés, entonces?

El Tipo (con mucha dulzura).- Te quiero… ver lejos…

Ella. -Un descarado como vos no he conocido nunca.

El Tipo. -Por eso siempre te recomendé que viajaras. Viajando se instruye uno. Pero no vayas a viajar en ómnibus, ni en tranvía. Tomá un vapor grande, grandote, y andate… andate lejos.

Ella (furiosa). -¿Y por qué me besabas, entonces?

El Tipo. -Ejem… Eso es harina de otro costal…

Ella. -Parecés panadero.

El Tipo. -Yo te besaba, porque si no te besaba vos ibas a decir con tus amigas: “Ven qué hombre más zonzo; ni me besa”…

Ella (resoplando). -¡Yo no sé como no te mato! ¿Así que vos me besabas por gusto de besarme?

El Tipo. -No exageremos. Algo también me gustaba… Pero no tanto como vos creés…

Ella. -Se puede saber, decime, ¿dónde te has criado? Porque vos no tenés vergüenza. No la has tenido nunca. Ignorás lo que es la vergüen­za.

El Tipo. -Sin embargo, yo soy muy tímido… Ya ves cuánto cavilo antes de mandarte al diablo… No, al diablo, no, querida; no te disgus­tés… es una forma de decir.

Ella (agarrándose al tema). -De modo que vos me besabas a mí…

El Tipo. -¡Dios mío! Si uno tuviera que dar cuenta de los besos que ha dado, tendría que estar en presidio quinientos años. Vos parecés nor­teamericana.

Ella. -¡Norteamericana! ¿Por qué?

El Tipo. -Porque allá le pegás un beso a un palo de escoba y izas! la única indemnización tolerada es el casamiento… de modo que a los besos no les des importancia. Ahora, si yo hubiera echado a perder tu inocencia, sería otra cosa…

Ella. -Yo no soy inocente. Inocentes son los locos y los bobos…

El Tipo. -Convengamos que decís una verdad grande como una ca­sa. Y luego me reprochás de ser injusto. Te doy la razón, querida. Sí, te la doy ampliamente. ¿Qué pecado me reprochás, entonces? ¿El que te haya dado unos besos?

Ella. -¿Unos besos? Si fueron como cuarenta.

El Tipo. -No… Estás mal, o tengo que suponer que vos no enten­dés de matemáticas. Pongamos que son diez besos… Y estaremos en la cuenta. Y tampoco llegan a diez. Además no valen porque son ósculos paternales… Y ahora, después de enojarte que te haya besado, te enojás porque no quiero seguir besándote. ¿Quién las entiende a ustedes las mu­jeres?

Ella. -Me enojo porque me querés abandonar infamemente.

El Tipo. -Yo no te di más que unos besos para que vos no les dije­ras a tus amigas que yo era un tipo zonzo. No tengo otro pecado sobre mi conciencia. ¿Qué me recriminás? ¿Se puede saber? A mí no me gusta hacer comedias. Vos te aburrís en tu casa, te encontrás conmigo y te me pegoteás como si yo fuera tu padre. Y yo no quiero ser tu padre. Yo no quiero tener responsabilidades. Soy un hombre virtuoso, tímido y tranquilo. Me gusta abrir la boca como un papanatas frente a un pillo que vende grasa de serpiente o cacerolas inoxidables. Vos, en cambio, te empeñás en que te jure amor eterno. Y yo no quiero jurarte amor eterno ni transitorio. Quiero andar atorranteando tranquilamente solo, sin una tía a la cola que me cuenta historias pueriles y manidas… y que porque me des un beso de morondanga me hacés pleitos que si me hubieras pres­tado a interés compuesto los tesoros de Rotschild.

Ella. -Pero vos sos imposible…

El Tipo. -Soy un auténtico hombre honrado.

La divina comedia – Canto trigesimocuarto

Infierno, Canto trigesimocuarto

“Vexilla regis prodeunt Inferni *
hacia nosotros; por lo tanto, mira delante”,
dijo mi maestro, “a ver si lo disciernes”.

Como cuando una gran niebla se extiende,
o cuando en nuestro hemisferio anochece,
y lejos un molino parece mover sus aspas,

ver me pareció entonces una tal máquina;
enseguida, por el viento, me refugié detrás
de mi duca; no había por allí otra gruta.

Ya estaba, y con pavor lo pongo en verso,
allá donde todas las sombras eran cubiertas
y transparentaban, como briznas en vidrio.

Unas sombras yacen, otras están erguidas,
aquella de cabeza, y esta sobre las plantas,
otra, como un arco, el rostro sobre los pies.

Cuando hubimos avanzado tanto
que a mi maestro le plugo mostrarme
el ser que tuvo el bello rostro,

delante de mí se puso y me detuvo,
“Aquí Dite”, diciendo, “y este el sitio **
donde conviene de fortaleza armarte.”

Cómo entonces volvíme helado y mudo,
no preguntes, lector que no lo escribo
porque todo lo que dijese sería poco.

Yo no morí, y tampoco quedé vivo,
piensa ahora por ti mismo, si tienes flor de ingenio,
cómo devine de la una y de la otra privado.

El emperador del doloroso reino
medio pecho sacaba de la masa helada,
y más con un gigante me comparo

que los gigantes no con esos brazos:
juzga pues cuánto debe ser el todo
que a parte así hecha se convenga.

Si él fue tan bello como ahora feo,
y contra su Creador alzó las cejas,
bien debe de él venir toda desgracia.

¡Oh, cómo me pareció gran maravilla
cuando vi tres caras en su cabeza!
Una, delante, y ésta era bermeja;

las otras eran dos, unidas a aquella
por arriba de una y otra espalda,
y se reunían en el sitio de la cresta;

y parecía la derecha entre blanca y amarilla;
la izquierda era a la vista como la de aquellos
que vienen de donde el Nilo se abalanza.

Debajo de cada una salían dos grandes alas,
como correspondía a pájaro tan grande:
velas de mar no vi yo como estas tales.

No tenían plumas: como de murciélago
era su aspecto; y se agitaban tanto
que tres vientos de ellas se movían;

a causa de eso todo el Cocito se helaba.***
Con seis ojos lloraba, y por tres barbas
corría el llanto y sanguinolienta baba.

En cada boca trituraba con los dientes
a un pecador, como una máquina,****
y a tres a un tiempo hacía allí sufrientes.

Al de adelante, la mordida le era nada,
frente al arañazo, que muchas veces
la espalda le dejaba desollada.

“Aquella alma arriba que sufre mayor pena”,
dijo el maestro, “es Judas Iscariote,
que dentro tiene la cabeza y mueve piernas fuera.

“De los otros dos que están cabeza abajo,
el que pende de los negros belfos es Bruto;
¡mira como se retuerce, pero ni palabra!

Y el otro es Casio, que parece tan membrudo.
Pero la noche resurge; y ya es hora
de partir, que lo hemos visto todo.”

Tal como quiso, a su cuello me abracé,
y él eligió el tiempo y el lugar precisos,
y cuando las alas estuvieron bien abiertas,

se aferró a las velludas costillas:
y de vello en vello descendió después,
entre pelaje hirsuto y heladas costras.

Cuando llegamos allí en donde el muslo
justo se vuelve el grueso de las ancas,
el duca, con fatiga y con angustia,

volvió la cabeza hacia las zancas,
y se agarró al pelo como quien sube,
tal que al Infierno creí tornar también.

“Sujétate bien, que por esta escala”,
dijo el maestro jadeando muy cansado,
“es preciso partir de tantos males.”

Luego salió por el hueco de una roca,
y me dejó sentado sobre el borde;
y puso junto a mí su pie seguro. *****

Yo levanté los ojos y creí que vería
a Lucifer como lo habíamos dejado,
y lo vi con las patas para arriba.

Si yo quedé entonces confundido,
es la gente tosca quien no entiende
cuál era el punto que había atravesado.

“Levántate”, dijo el maestro, “de pie,
el viaje es largo y el camino malo,
y el sol en medio de la tercia cae.” ******

No era el pasillo de un palacio
allí donde estábamos, sino un buraco
de suelo magro y de luz escaso.

“Antes que del abismo me separe,
maestro mío”, dije al levantarme,
“para salir de error, un poco háblame.

“¿Dónde está el hielo? ¿Y cómo se ha vuelto éste
de arriba a abajo? ¿Y cómo en tan pocas horas,
de la noche a la mañana, el sol ha caminado?”

Y él a mí: “Imaginas que te encuentras todavía
allá en el centro, donde me agarré
al pelo del gusano vil que orada el mundo.

“De allá te fuiste cuando descendí;
cuando me volví, cruzaste el punto
al que se atraen los pesos de ambas partes.

“Y ahora estás bajo el hemisferio
opuesto a aquel que el gran desierto
cubre, y bajo cuyo ápice fue muerto

“el hombre que nació y vivió sin mácula;
tienes los pies sobre la pequeña esfera
que la otra cara hace de Judea.

“Aquí es de mañana cuando allá es de noche,
y éste, que nos hizo escalera con el pelo,
sigue parado allí, como estaba antes.

“Por esta parte cayó del cielo abajo;
y la tierra que aquí entonces se mostraba,
por miedo a él, del mar hizo su velo,

“y llegó al hemisferio nuestro; y tal vez,
por huir de él, dejó aquí este lugar vacío
la que por aquí aparece, y arriba se repliega.” *******

Lugar hay abajo de Lucifer, remoto,
tanto cuanto su tumba se dilata,
que no se nota por la vista, sino por el sonido

de un arroyito que hasta alli desciende
por la grieta de una piedra que ha cavado
con su curso que se enrosca, y poco pende.

Mi duca y yo, por ese camino oculto
entramos para volver al mundo claro;
y sin cuidado de hallar algún reposo,

subimos él primero y yo segundo,
hasta que divisé las cosas bellas
del cielo, por un redondo hueco;

y salimos a ver de nuevo las estrellas.


NOTAS:

* “Los estandartes del rey del Infierno avanzan”: paráfrasis de un himno religioso, interpretada como una ironía sobre su sentido, o como sarcasmo de Virgilio acerca de la penuria del diablo

** Dite: Lucifer, quien fuera el más hermoso de los ángeles. Dis Pater es sobrenombre de Plutón en la mitología romana

*** Cocito: Uno de los ríos del Hades

**** El término que usa Dante es machiula, agramadera: máquina para machacar el cáñamo

***** Este pasaje es de discutido sentido, incluso entre los exégetas italianos. Desde que appresso puede ser, como preposición, junto, al lado, y como adverbio después, se puede entender así: “después me puso (me instruyó) en el sagaz paso” -la palabra traducida aquí como firme (accorto), tiene también las acepciones de cauto, prudente y sagaz-. De modo que Virgilio estaría aleccionando a Dante sobre la maniobra que habían hecho, cosa que no sucede hasta varios versos más abajo

****** Los romanos contaban las horas a partir del amanecer y hasta la noche, es decir que dividían el día diurno en doce. La regla conventual para las oraciones en parte mantiene las denominación romana; la prima viene después de laudes, que se celebra antes del amanecer. Mitad de la tercia es mitad de la mañana. Virgilio había dicho que llegaba la noche cuando estaban en el otro hemisferio

******* Se interpreta como alusión a que la tierra que desplazó Lucifer en su caída se alza como colina del Purgatorio en el mismo hemisferio, el austral, que por entonces se consideraba todo cubierto de mar. Quiso Dios que la colina del Purgatorio se elevase en las exactas antípodas de la colina en la que murió Jesús.